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El chico de la guitarra

Pablo nunca fue mi tipo, pero apreciaba su talento y su don musical. Era un chaval con pinta de duro, look desaliñado y barba de un par de días pero sus canciones denotaban una sensibilidad inusual para un chico de su edad. Tenía indudablemente un punto interesante, como todo músico, la guitarra era su arma infalible.

Pablo tocaba en garitos sin escenario, sin luces ni técnicos: a capela, solo con voz y guitarra, para los amigos y los que, con un poco de suerte, coincidíamos en el mismo lugar y nos deleitábamos de su arte con copa en mano. El dueño del bar le obsequiaba con un trago de alcohol al acabar la jornada. Siempre fue muy generoso con su público y tocaba hasta caer rendido mientras bajaban las persianas del local y encendían las luces para, con este gesto, mandarnos a todos a casa. Las últimas notas, las de buenas noches, eran de Los Limones, el ritual de cierre de la noche ferrolana.

A mí me gustaba su amigo del saxofón, aunque era un poco bajito. Nunca supe su nombre ni me atreví a preguntarle. Por aquel entonces tenía 18 años, era el verano de las salidas en grupo sin horarios ni toque de queda, excepto Raquel. Don Manuel, su padre y profesor en la escuela, la esperaba cada sábado fiel a su hora aparcado en la plaza del pueblo con la mejor de sus sonrisas. “Ya son horas” decía apuntando con el dedo índice el reloj de mano. Las agujas marcaban las tres. Nosotras siempre la acompañábamos y luego continuábamos la noche hasta cerrar las discotecas. La juventud ganaba al cansancio. Hoy otro gallo cantaría.

Ya por aquel entonces supe que un día Pablo triunfaría, le sobraba talento e ilusión por la música, unido a una cierta modestia que le hacía un hombre respetable, que en los días que corren, ya no es poco. Ese mismo año dejó la noche compostelana, donde se había hecho un hueco y un nombre y cada jueves era vitoreado por jóvenes estudiantes que coreaban sus letras. Se mudó a la capital: él y su guitarra.

En Madrid tocaba habitualmente en el metro a cambio de unas monedillas y para pasar un buen rato. A los pocos meses llegaron los primeros conciertos en bares de cantautores en el barrio de Malasaña, donde comenzó a labrarse un hueco musical. Las malas lenguas comentaban que tonteó una época con con las drogas. Muchos temieron que ese enemigo le ganase la batalla, pero el joven fue lo suficientemente listo como para saber escoger. Y escogió la música.

A Pablo le perdí de vista muchos años.

Una tarde paseando por Madrid, ya por el 2012, reconocí su cara, la misma que años atrás, en un póster en blanco y negro cerca de la Plaza Mayor. Salía sonriente, con el mismo look descuidado y con la habitual guitarra en mano. Al segundo le mandé un whatsapp a Raquel, que hoy vive en Sau Paulo, con la instantánea. Sabría que le haría la misma ilusión que a mí, además recordaríamos por un instante nuestra época de instituto y el verano del 2005. “Rach mira, es Pablo”.

El éxito llegó súbitamente. Entrevistas, medios, emisoras de radio, fans, giras, conciertos… Incluso cantante invitado con artistas de categoría. La segunda aparición fue delante de mi casa, en Barcelona, mientras tiraba la basura. Estaba en el póster de mi propia calle, al lado del contenedor de reciclaje de vidreo. Tan pronto subí a casa me compré la entrada. Era como un asunto que tenía pendiente con Pablo, un artista que nunca puso valor económico a su música, sin embargo llenó de momentos felices mi adolescencia.

 

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Imagen: “in Concenrt-blue” de Martin Fisch

 

Y sí, llenó la sala Luz de Gas. Los asistentes coreaban los estribillos, hacían fotos, grababan vídeos y alababan a un artista que se hizo a sí mismo. No solo disfruté de su música, y de su éxito, sino que junto con él y sus versos recorrí viejas calles, playas conocidas e incluso profes de escuela. Ya no podía tocarle con solo estirar mi mano, ni cruzar miradas, sino que era todo un artista en el escenario, con banda, luces, técnicos y fans enloquecidas… desde su punto de mira, yo era una hormiguita más en la sala. Sin palabras. Al acabar el concierto quise darle mi más sincera enhorabuena pero la masa de fans lo hizo imposible.

La noche compostelana aún le echa de menos, pero sabe que Pablo la recuerda con añoranza y cariño en cada uno de sus conciertos. Santiago está presente en todas sus puestas en escena de cualquier escenario del mundo, cosa que le honra.

Hoy Pablo recoge los frutos de un trabajo que comenzó hace años en las noches de ferrolterra, en garitos sin escenarios ni luces, dónde ni siquiera pasaba la gorra pidiendo una propina. Yo hoy, once años más tarde, le rindo mi pequeño homenaje dedicándole estas líneas y le sigo dando las gracias por tantos momentos únicos comprando sus discos. Por cierto, esta semana estrena tema en iTunes.
Artista, hace mucho tiempo que tenía pendiente decirte esto: mi más sincera enhorabuena, te lo mereces.

Una paisana de ferrolterra.

Imagen “The Guitar. My guitar…” de Debajyoti DasVon (la foto fue recortada)

 

[author] [author_image timthumb=’on’]http://azucarundkalt.com/wp-content/uploads/2015/04/nOELIA-FINAL.png[/author_image] [author_info]Noelia Fernández. Comunicación y Marketing Online. Experta en complicarme la Leben @bcnnoelia[/author_info] [/author]

 

 

 

 

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