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ACHTUNG!: Hay una bomba en mi barrio

Como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial, han quedado enterradas bombas por toda Alemania. Es rutina entonces que cuando van a hacer construcciones, donde se remueven cantidad importantes de tierra, se utilicen fuerzas especializadas para detectar y desactivar dichos artefactos explosivos.

Achtung: Hay una bomba en mi barrio

7:oo pm. Lo único que quiero es acabar de darle la cena a mis hijos; asearlos, ponerles el pijama, leerles un cuento y que se vayan a dormir ¡Pero ya!

Los lunes de por sí son pesados, comienza de nuevo la rutina, las responsabilidades al ciento por ciento, el acatamiento correcto de los horarios, las citas y los quehaceres; los cuales te recuerdan que disfrutaste mucho el fin de semana, sí, ha estado genial salirte de tu zona de confort, conocer sitios nuevos y dejar asuntos en “stand by”. Sin embargo, la rutina te viene a cobrar factura, te agobia con los pendientes que te esperan en la semana.

Por tanto, lo único que quiero realmente a esa hora es despachar a mi familia, relajarme, estirar las piernas y descansar, Qué se yo cómo. Da  igual, “endlich mal ein bisschen Ruhe”. En ese preciso momento, en el que termino de divagar y ya tengo mi espacio, suena el teléfono. Es mi vecina para decirme que, a más tardar en una Hora, van a comenzar a evacuarnos. Tenemos que dejar el departamento porque han encontrado una bomba en el barrio y la tienen que desactivar.

¿Qué, qué? Esa mi primera reacción: no he dado de cenar, la casa está por las patas ¿Ir a un albergue con 3 niños  y un perro? ¡Olvídalo! ¡Ni que estuviera loca!

Empiezo a respirar profundamente inhalo, exhalo… Me da un ataque de pánico, aunque esta es una buena ocasión para practicar qué hacer en una situación de peligro, tranquila…. o por ¡Diooooos! no puedo pensar claro. ¿Irme de mi cómoda casa sólo porque hay una bomba en el barrio? ¡Por favor! Si ese el pan de todos los días de los alemanes. Tengo fe en que ellos saben perfectamente cómo manejar la situación, me siento segura.

Comienzan a llegar unidades de bomberos. Una voz masculina habla a través de un altavoz. No logro entender lo que dice, solo escucho es ruido. En ese instante me transporto a una de las típicas escenas de la Segunda Guerra Mundial: los camiones, altavoces, gente desorientada sin saber hacia donde dirigirse…

¿Qué hacer?

Mis hijos comienzan a preguntar qué es ese ruido. El bebé llora. Está hambriento.

Me bloqueo, mi patrimonio, mi cocina, ¡¡¡Mi ropa!!!  Ojalá que no explote esa maldita bomba. Qué suerte la nuestra, teniendo el fin de semana entero para encontrar la puta bomba, que encima lleva ahí  hace más de 60 años, la tenían que encontrar en mi “außerordentliche” lunes. ¡Vaya lío!

Al mal tiempo buena cara, me digo. Empaco lo básico. En el fondo seguía confiando en las fuerzas anti-bombas alemanas. Tenía la certeza que todo iba a salir bien o al menos eso quería creer. Mi marido y yo decidimos dejar la cocina tirada, la colada en la lavadora y los juguetes por doquier. Empacamos nuestro pijama, cepillos de dientes, cereales y leche.

Después de reaccionar, espabilarme y tranquilizarme, al fin decidimos reservar en nuestro restaurante griego favorito. Nos hicimos entonces una velada deliciosa y fuera de la rutina. Al tener la barriga llena, nuestro corazón volvía a estar contento ”was solls dann schlafen wir eben woanders”. Además pudimos ir a casa de familiares y dormimos calentitos y sin más percance…

Quizás te parezca un poco irónico que hable de un tema tan intenso en una forma tan superficial. Más cabe aclarar que esto lo escribo con mucho respeto, tomando en cuenta que hace 75 años aproximadamente, las personas que vivieron la SGM tuvieron que correr para salvar sus vidas, medio de calles destrozadas esquivando bombas, para ir a refugiarse en un búnker. Pienso que ninguna persona que no haya estado en esa situación puede sentir la angustia y el miedo que suscita vivir un conflicto bélico. Recordar eso, en medio de mi crisis banal,  me hace sentir mucho agradecimiento al contemplar la sencillez de la vida que llevo.

 

Texto: Karely Valdés
Imagen de portada: Laia Lloret

 

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