Skip to content

Jorge la Guardia: Sesenta años entre la migración y el arte

Jorge La Guardia es un referente del arte contemporáneo asociado a la ciudad de Hannover que cuenta con una larga trayectoria en las artes plásticas, especialmente escultura y pintura. Algunas de sus obras pueden verse expuestas en calles y parques de la ciudad desde hace años y forman ya parte de la imagen de la misma. Además, su presencia es imprescindible en cualquier evento relacionado con la música flamenca en Hannover, ya que es un guitarrista y cantante flamenco admirado por todo aquel que se interese por la cultura andaluza.

Nació un 21 de abril de 1937 en el Albaicín, Granada, en plena Guerra Civil Española. Fue primero inmigrante en su propia tierra cuando, tras cumplir el servicio militar en Ibiza, se trasladó a Barcelona. Allí fue reclutado como “Gastarbeiter” -mano de obra extranjera-, para trabajar en Alemania. Aquel joven llegó a Hannover en 1961 con un contrato de trabajo para la ahora ya extinta empresa automovilística Hanomag, cuyos talleres se encontraban en el corazón de Linden. Es lo que hoy conocemos como el barrio español.

Poca gente podría contarnos tanto sobre la vida del emigrante de entonces como él mismo. Nada más cruzar el portón de entrada al atelier del artista en Nordstadt, llegan a nuestros oídos las notas de una guitarra española que Jorge toca mientras nos espera. Son sesenta años de vida emigrante, historia, que tuvimos la suerte de escuchar y que, hoy, compartimos con vosotros.

Azúcar&Kalt (A&K): Jorge, usted nació durante la Guerra Civil Española. ¿Cuáles son los primeros recuerdos de su Albaicín natal?

JLG: La guerra llevaba castigando a Granada un año cuando nací. Mi primer recuerdo es del año 40, quizás. Mi madre me llevaba de la mano para hacer unas compras en una tienda del barrio. Cuando salimos de la tienda, una vecina desde su ventana gritó: “¡Luisa, ten cuidao!”. En el Albaicín, los vecinos éramos una especie de familia. Recuerdo entonces un bulto en el suelo junto a la pared, y que mi madre tiró de mí porque le dio miedo. Entonces la vecina dijo: “Luisa, es que se ha muerto de hambre”. Alguien que no podía más se había caído ahí, y ahí se murió.

A&K: ¿Cómo terminó usted en Alemania?

JLG: Cuando salí del servicio militar en Ibiza ya no quise volver, vi que el mundo era muy grande. Así que en vez de tomar rumbo a Granada, cogí un barco para Barcelona porque tenía amigos allí.

En los años sesenta había mucha miseria en España y la dictadura era terrible. Los países más industrializados se dieron cuenta de que no tenían mano de obra suficiente para atender su demanda de consumo, así que decidieron “comprarla” a otros países más pobres. Debido a la dictadura y a la falta de técnica, los españoles  estábamos acostumbrados a trabajar muy duro y por poco dinero, así que en las principales ciudades del país, entre ellas Barcelona, pusieron oficinas llamadas “banderines de reclutamiento”, como si fuéramos a la guerra, y nos apuntamos a miles. A nosotros nos citaron en un edificio en el puerto para seleccionarnos. Nos hicieron una inspección médica, desnudos, gritándonos en un idioma que no entendíamos y que nos parecía increíblemente dictatorial. Entrábamos en la cola igual que lo hacen hoy los inmigrantes de Siria. Yo salí en un tren desde Barcelona con tres mil jóvenes. Una maleta, una guitarra y un melón debajo del brazo eran todo mi patrimonio.

A&K: ¿Cómo era la Hannover de los 60?

JLG: Cuando yo llegué, la reconstrucción de la Bundesrepublik ya estaba prácticamente terminada así que Hannover estaba casi como hoy a pesar de haber sido previamente allanada por las bombas. No había metro, Kröpcke era de otra forma y el tranvía pasaba por Georgstraße… En el terreno donde está hoy el centro cultural Pavillon había un edificio que había usado la Gestapo y que era una escuela cuando llegué. Después fue una barraca provisional para el Kaufhof, mientras terminaban el edificio. Cuando la abandonaron, nosotros la asaltamos y obligamos al Gobierno a que se quedara como el centro de cultura de izquierdas que es hoy.

A&K: La fábrica de automóviles Hanomag, donde usted trabajaba cuando llegó, empleó gran cantidad de españoles. ¿Tuvo esto que ver para que se formara el barrio español precisamente en Linden?

JLG: Sí, claro. Hanomag era la fábrica principal y en ella trabajábamos 900 españoles pero había más en muchas otras fábricas: Telefunken, en la que trabajaban principalmente mujeres, o Ahrberg, la fábrica de salchichas. El barrio de españoles se formó en el barrio de los “Malocher”, currantes. Como había tanta gente trabajando allí, la Falkenstraße, Deisterstraße, Charlottenstraße tenían muchos comercios, bares y un ambiente tremendo.

A&K: ¿Cómo entró usted a formar parte del panorama artístico de Hannover? ¿Ha influido el arte alemán en el suyo?

JLG: Por supuesto que el arte alemán me ha influenciado. En los años sesenta conocí a un grupo de artistas alemanes, demócratas, amabilísimos. Yo tenía un restaurante español y un día en una mesa estaban comiendo siete u ocho “personajes”. Era el tiempo de las melenas, los hippies, los perros, y pusieron unos catálogos sobre la mesa. Yo, que estaba tan interesado en la plástica, vi uno de los catálogos al limpiar la mesa y me quedé impresionado. Le pregunté al dueño de quién era ese trabajo. Era suyo. Él era Hans-Jürgen Breuste. Desde ese momento nos hicimos íntimos amigos; él me llevó a todas partes y me presentó en todos los gremios. Así que me integraron en su tertulia, en su movimiento, y empezamos a colaborar. De esta manera entré en un grupo de artistas formados, pensadores y sociólogos. Yo les ayudaba a montar exposiciones y pronto ocurrió un milagro: empecé a vender. Las cosas que hacía cayeron bien en círculos artísticos de los años sesenta. En el año 75 o 76 entré en la BBK – Bundesverband Bildender Künstler -, la organización oficial de artistas, al aprobar el examen de acceso. Los miembros de esa organización disfrutábamos de invitaciones para participar en exposiciones y en el 78, gané el primer premio de un concurso para una escultura en la calle, “Durchdringung”, que se puede ver en la Berliner Allee.

En España ya me había interesado por el arte plástico, a un nivel muy básico y muy pobre, pero la verdadera oportunidad para dedicarme a ello fue la emigración y con esto volvemos al principio: Al emigrante se le presentan oportunidades que no se le darían en su país porque su radio de acción se multiplica. Si yo no salgo de Granada, me hubiera quedado pintando acuarelas con motivos comerciales, la repetición ramplona del Rincón Antiguo y las Torres de la Alhambra. Y allí se acabarían mis motivos pictóricos.

A&K: El arte flamenco, es una manifestación cultural auténticamente andaluza, ¿cómo se adapta para sobrevivir en Alemania?

JLG: La participación alemana es importantísima en su desarrollo. Un montón de jóvenes rockeros, descubren el flamenco como una música aprendible. Al conservatorio de Hannover venía todos los años José de Udaeta, un bailaor flamenco de origen vasco, figura internacional, que se dedicaba a la docencia. Él influenció a un montón de muchachas que no se veían para el ballet y vieron una salida en el flamenco, pudiendo seguir siendo bailaoras sin perder el estudio. Entre ellas, Amparo de Triana, muy conocida en toda Alemania, o Bettina la Castaño. Hubo una generación de tocadores que no le metieron mano al cante pero sí a la guitarra y al baile, tanto alemanes, como polacos y holandeses, muy profesionales. En Hamburgo hay 7 escuelas de flamenco trabajando duramente ya desde hace 30 o 40 años. De hecho, mi hija es maestra de flamenco en una escuela de Hamburgo y vive de eso.

A&K: ¿Cuál es el barrio más flamenco de Hannover?

JLG: Hannover es una de las ciudades más flamencas de Alemania y yo soy, en parte, “culpable” de su desarrollo por aquí. Yo diría que esta cultura está muy repartida por toda la ciudad. Las bailaoras daban clases particulares en el Pavillon y en 3 ó 4 escuelas. Linden, sin embargo, no tiene tanta influencia, sólo cuando nos juntábamos en los restaurantes españoles si venía Paco de Lucía, pero de forma muy puntual.

El boom fue en los años 80, con la película “Carmen” de Carlos Saura, que se proyectó en el Anzeiger-Hochhaus de Hannover durante un año y estaba lleno todos los días. Esa película, dio el espaldarazo al flamenco en Alemania y creó una moda que ya pasó: las mujeres se vestían como Carmen y a nosotros nos gustaba llevar chaleco, como Antonio Gades.

Foto: Tomada de Wikimedia.

A&K: Cuando usted llegó a Hannover no había Internet, ni Whatsapp y prácticamente nadie sabía más idioma que el suyo propio. ¿Lo tienen más fácil los jóvenes inmigrantes de hoy para salir adelante que los de su generación?

 JLG: ¡Por supuesto! Pero todos, todos los inmigrantes: los españoles, los turcos y cualquiera que venga en esta época.

Los alemanes de aquellos tiempos aún no tenían experiencia con los extranjeros. A los españoles, al principio, nos tenían mucha estima porque habíamos colaborado con Hitler en la división azul. La generación que había luchado en la Segunda Guerra Mundial estaba ahora trabajando en las fábricas, bebiendo cerveza, cantando, y a nosotros nos acogieron con simpatía porque decían que éramos muy valientes. Al principio, como digo. Poco tiempo después ya éramos “Kanaken” – término que se utiliza para describir a personas que hablan mal alemán y que tienen pelo oscuro- como los demás . Antes de eso a los españoles nos llamaban “Eseltreiber”, arrieros, los que llevaban los burros vendiendo por la calle.

Para que se hagan una idea de la vida entonces, Hanomag tenía tres residencias. La fábrica acomodaba las naves en las que no se producía y hacían alojamientos. En cada habitación metían a seis jóvenes y les ponían cocinas comunes en los pisos. Eso era dureza de vida. Eso no se les puede dar a los jóvenes como ustedes hoy. Ustedes tienen que vivir con confort o se van en seguida, y es normal, les tienen que tratar como a personas.

Ustedes vienen alfabetizados y con un aura de triunfadores. Nosotros éramos carne de cañón, éramos realmente Eseltreiber. Eso no lo han conocido. La emigración de hoy es una emigración de señoritos, lo cual es fantástico, pero que no se queje nadie, porque así se dan cuenta los jóvenes de que hay otros mundos y de que la sociedad del cachondeo no es el camino. Y cuando salen, se dan cuenta de que hay que trabajar y muchísimos de ellos se van en seguida.

A&K: Mucha gente se lamenta en los tiempos que corren de haber tenido que emigrar y así se señaliza en algunos medios de comunicación españoles. ¿Es la emigración un castigo? 

JLG: ¡Qué va! ¡Absolutamente no! Un joven que venga de un caserío de Vizcaya, o de Granada, o de Cuenca, cualquiera que termine la escuela, lo que tiene que hacer es emigrar. La emigración es lo que se le debe agregar a la universidad, conocer el mundo para no ser tan imbéciles, tan trogloditas. La emigración a nosotros nos salvó. Es beneficiosa porque al poco tiempo empiezan a fermentar ideas democráticas, internacionales. Al cabo de unos años desaparece la sensación de que la mejor forma de hacer las cosas es como las hace uno en su propio país.

A&K: Para terminar, ¿cómo cree usted que será el futuro de los emigrantes en Alemania y qué consejo les daría?

JLG: El futuro de los emigrantes es sentirse en cualquier lugar como si estuvieran en su casa. El que emigre a Alemania encontrará dificultades porque se encuentra un idioma distinto, pero cuando lo aprenda se dará cuenta de que Hannover es igual que Granada, la vida y las necesidades son las mismas.

Los nacionalismos “fascistoides” que están creciendo otra vez, el resurgir de la derecha, debería ser combatido por los jóvenes, por ustedes. Yo ya no tengo ganas ni tiempo, ya he combatido suficiente.


Texto:
Teresa Esteban, Iker Martínez, Jesús Gómez
Fotos: Jesús Gómez

One Comment

  1. José Luis José Luis

    MUY BUENA .ENHORABUENA

Deja un comentario